miércoles, 15 de mayo de 2019

Los Mitos Griegos I y II

¿Qué leemos cuando leemos mitos griegos?
Desde la Edad de Piedra hasta la caída del imperio minoico se produjeron, en la Eurasia post glacial, cientos de estatuillas sin rasgos particulares pero evidentemente femeninas, maternales, grávidas. Los descubridores las bautizaron "Venus de...", seguidas del nombre de la localidad donde fueron encontradas. 
Hoy existe la certeza de que eran imágenes de la Triple Diosa, la Diosa-Madre, que velaba, bajo diferentes aspectos, por las sociedades matrilineales imperantes. El antiquísimo relato de la diosa que convertida en paloma incuba el Huevo Universal, de donde nacerá todo, es un ejemplo.
El ascenso de la cultura griega y sus conquistas trajo consigo dioses masculinos, arquetipos de reyes y hombres dominantes que ya no permitirían que regresaran a la mujer los privilegios que había disfrutado en el pasado.
Los mitos fueron violentamente cambiados. 
Abuelito Urano, papá Cronos y el hijo Zeus se hicieron cargo. 
Finalmente, Zeus destacó, principalmente, por seducir, enamorar o forzar a diosas, ninfas y mortales. Las diosas antiguas a su vez se convirtieron en ninfas o en simples mujeres. Pandora (y luego Eva) trajeron todos los males al mundo y así les va.
De esos y otros temas tratan estos libros, donde también se ven personajes opuestos, como Apolo y Dioniso, o complejos, como Heracles o Ulises, que tal vez surgieron de muchas historias diferentes unidas bajo un mismo nombre. 




En la 45º Feria del Libro de Buenos Aires,
con Medusa (la ilustradora Paula Ventimiglia),
y Graciela Repún,
coautora en la vida y en el arte.


domingo, 22 de abril de 2018

Ovejas en el balcón

De vacas y de ovejas, y otras cosas que riman


Hace algún tiempo, publicamos un libro de poesía 
para los más chicos, La vaca ventilador.



Este año ampliamos el repertorio zoológico, 
porque un día aparecieron en el balcón varias ovejas 
para pedirnos que escribiéramos algo sobre ellas, 
y sobre otras cosas. Les muestro las pruebas:





El libro resultante es Ovejas en el balcón. 
También lo publicó Atlántida y tiene caligramas míos 
(con textos de Graciela Repún) 
y dibujos de Rocío Alejandro.




sábado, 21 de abril de 2018

Urbanas

Las leyendas urbanas son productos de una ciudad 
que crece y evoluciona. Cuanto más antiguo es el lugar, 
más se confunden con los mitos y leyendas de sus pobladores. 
No siempre tratan de aparecidos, aunque las más populares tienen su fantasma. Aquí reunimos una pequeña muestra de las incontables leyendas de ciudades argentinas, desde antes de que fuera fundada, hasta hace un ratito.

El libro es de Editorial Norma, y tiene ilustraciones de Koff


Y de yapa, una leyenda europea que se las arregló 
para cruzar el mar, llegar hasta nuestras tierras 
y afincarse en uno de los barrios de Buenos Aires.

Iosele

(Leyenda urbana del barrio de Balvanera)

Yo tenía siete años y el cielo era inmenso y el mundo enorme. Hasta donde me alcanzaba la vista, la calle en la que vivía se esfumaba a lo lejos en un horizonte de ladrillos y cemento.
Buenos Aires estaba creciendo rápido. Cada vez venía más gente de otros países a vivir aquí, y a alguien se le ocurrió, para aprovechar mejor el espacio, dividir algunas manzanas con una callecita angosta bordeada de casas.
Así nacieron los pasajes. En el barrio de Balvanera había varios. Yo vivía en uno de ellos.
Unas puertas más allá de la mía, casi al final del pasaje, vivía don Elías, un anciano judío religioso.
Yo me lo cruzaba muchas veces en el día. Por ejemplo, a la mañana, cuando de alguna estación de tren, apenas salía el sol, llegaba el carro del lechero cargado con unos tachos grandes y plateados y montones de jarritos de distintas medidas y los vecinos del pasaje salíamos a comprarle y nos saludábamos.
Casi nunca veía a don Elías de noche. Salvo una en que, cuando todavía faltaban al menos dos horas para la salida del sol, unos ruidos extraños me despertaron. Me asomé a la ventana, y pude ver como dejaba entrar a su casa a varios hombres con sacones largos y otros con ropas de trabajo. Estos últimos cargaban con esfuerzo una enorme caja de madera que parecía muy pesada.
Al día siguiente, después de la escuela, los chicos y las chicas del barrio jugamos a la escondida. No llegábamos a diez, así que los escondites tenían que ser buenos, para que la búsqueda se alargara lo más posible. Yo pensaba aprovechar los macetones que los vecinos del pasaje ponían frente a las puertas, aunque sabía que probablemente me encontrarían rápido…
-Ahí te tan a descubrir enseguida, Santino –dijo don Elías a mis espaldas.
Me sobresaltó. Parecía tan serio cuando lo veía caminar despacio, con su barba blanca larga que le tapaba el pecho y sus ojos celestes gastados de tanto mirar. Pero ahora tenía en la mirada una chispa divertida.
-¿Querés esconderte en mi zaguán? ¿Te dejo la puerta abierta? 
Recién entonces me di cuenta de que detrás de don Elías había otro hombre más joven. También con barba, pero la de él era negra. Iba vestido como para aguantar una tormenta invernal y usaba un sombrero enorme y peludo, aunque estábamos en primavera.
-No sé, ¡a ver si después le roban! –respondí-. Mi papá dice que últimamente hay mucha miseria y hay que cuidarse de los ladrones -añadí -¿No vio lo que le pasó a los vecinos de adelante?
-¿Quién va a querer robarle a un viejo pobretón? –me respondió don Elías mostrándome las palmas de las manos- Lo que sacaran de mi casa no les alcanzaría ni para pagar las balas -dijo con una sonrisa- Pasá, pasá, no te preocupes –agregó y se fue seguido del hombre de sombrero.
Yo me acomodé en su zaguán. Desde allí alcanzaba a ver la salida del pasaje y a mi amigo buscando a los escondidos. Esa tarde, a mí no me encontró.
Más tarde, después de ir a mi casa y merendar, me encontré a don Elías tratando de atornillar de nuevo un objeto de metal que tenía sobre el marco y que siempre me había llamado la atención.  Al verme, dijo:
-Este tornillo ya está demasiado gastado. Voy a tener que buscar otro para sujetar bien la mezuzá.
-¿Qué es eso? ¿Un adorno?
-No, poner una mezuzá en la puerta es una costumbre de nuestro pueblo. Adentro tiene dos frases de las Escrituras que protegen a la casa y a sus habitantes.
-¿Y eso le alcanzará si viene un ladrón?
-Esto y algo más que estamos haciendo para cuidarnos a todos. Si querés, te lo muestro para que no tengas más miedo. Pero todavía no se lo cuentes a nadie… -me dijo después de abrir la puerta cancel.
Lo seguí. La casa tenía un olor que no podía reconocer. Con el tiempo lo volví a sentir en algunas cosas terriblemente viejas. Olía a humedad de río, a túneles, a olvido, a secreto.
Por todas partes se elevaban hasta el techo bibliotecas repletas de libros y rollos de papel y los que no tenían un lugar en los estantes se apilaban en sillas, mesitas o directamente en el piso, apoyados contra la pared. Donde no había libros, había figuritas de barro, de bronce, de hierro. Un candelabro de muchos brazos me llamó la atención. Las sombras se hacían más oscuras a su alrededor, como pidiendo las velas. Las paredes empapeladas casi no se veían entre los retratos y fotos de hombres de otra época, viejos incluso comparados con don Elías.
Pasamos entre los libros y paquetes. Vi en una mesa un pergamino, enrollado desde cada extremo en unas barras de madera decoradas. Frente a la puerta que se abría a un pasillo estaba la caja que yo había visto traer unos días antes. En el interior de la caja no había nada, salvo algunos restos de tierra hechos mazacote. Don Elías siguió la dirección de mi mirada.
-Esa caja vino desde muy lejos. Lo que traía surgió de la tierra, como nació de la tierra el primer hombre que hizo Dios.
-¿Adán?
-Sí, Adán. Que en la Biblia algunas veces también es llamado Golem. Hace muchos años, un hombre como yo, infinitamente más sabio, se preguntó si no podríamos, en caso de necesidad, imitar lo que hizo Dios. Hoy nosotros, aquí, estamos siguiendo su receta.
Me sonrió, pero yo empecé a sentir miedo. En ese momento me pareció que don Elías estaba un poco loco.
Cruzamos un pasillo hasta llegar a la habitación del fondo que tenía manchas barrosas en el umbral. Don Elías abrió y entró. Yo no pude pasar de la puerta. En la penumbra, veía el modelado en barro de un hombre gris, a medio formar, tan alto que llegaba casi hasta el techo. A su alrededor, el señor del sombrero peludo, ahora en mangas de camisa, esculpía la figura con las manos. Le había hecho una espalda anchísima y unas piernas gruesas. Los pies eran enormes. La cabeza no tenía forma y donde debía estar la cara se veía una masa horrible, como si la figura de barro estuviera gritando y derritiéndose.
Los hombres de saco largo que también había visto la otra noche estaban parados contra la pared y se mecían, murmurando algo. Me pareció que estaban rezando.
Me dio miedo. Por un momento me pareció que el pecho del hombre de barro se sacudía, como si intentara respirar. Retrocedí hasta la puerta y me escapé. No dije nada en casa porque sabía que me iban a retar por haber entrado en un lugar extraño.
Desde entonces, traté de no cruzarme con el viejo.
No habría pasado una semana, cuando una tarde, volviendo del colegio, vi lo que mi papá tanto temía. Había dos hombres parados frente a la puerta de don Elías, apuntándole con un arma.
-¡Danos lo que trajiste en esa caja! ¡Sabemos que tenés mucha plata escondida!
Don Elías solo gritaba:
-"Iosele!, Iosele!".
De adentro de la casa se escuchó un estruendo y el piso tembló. Los ladrones, aterrorizados, empezaron a correr como locos. Pasaron a mi lado con una expresión de horror y al llegar a la calle se dieron vuelta. Yo quedé entre ellos y don Elías.
No vi cuando dispararon. Porque apenas sonaron los tiros, un cuerpo enorme que ocupaba casi el ancho del pasaje me envolvió. Absorbió todas las balas, que quedaron adentro de él. Olía a barro de río, pero se movía con agilidad. Se irguió y comenzó a perseguirlos.
Desapareció a la salida del pasaje y al cabo de un segundo se oyeron gritos. Todos nos quedamos congelados, hasta que el gigante regresó, caminando despacio, como si estuviera dando un paseo. Pasó al lado mío y me dedicó una breve mirada sin expresión. Me di cuenta de que su cabeza llegaba hasta el primer piso y que en la frente, como marcadas con un punzón, había unas letras.
Don Elías lo llamaba: "Vení, Iosele, vení". Y le señalaba la puerta de su casa.
El gigante tuvo que doblarse en dos para entrar. Desde entonces, comenzó a correr la voz de que en el barrio había un protector imparable, a prueba de balas. Y alguien mencionó que no era el único. Que en Praga, en Europa, había otros.
Fue la última vez que vi al gigante de barro. Pero de vez en cuando iban llegando las noticias de otras personas vecinas que habían sido auxiliadas por un Golem. 
Por el defensor del barrio. Por Iosele, como le decía don Elías.
Por Josecito.

Enrique Melantoni, 2018


miércoles, 22 de octubre de 2014

miércoles, 11 de junio de 2014

Fábulas de Esopo, en dos versiones

Dicen que las primeras fábulas se contaban en la Mesopotamia, dos mil años antes de Cristo. Se trata de historias protagonizadas por animales. De los autores reconocidos, el más antiguo es un esclavo de Asia Menor llamado Esopo, que fue vendido en Samos al filósofo Janto. Aunque los años transcurridos desde ese entonces vieron surgir innumerables adaptaciones, en prosa y en verso, y se sumaron los autores anónimos (como en las fábulas de origen indio que se publicaron en la Disciplina Clericalis de Pedro Alfonso) y los autores ilustres, como Leonardo da Vinci, son las fábulas de Esopo las que más han resistido en Occidente los vaivenes de la historia, desde su nacimiento hasta nuestros días.

Fábulas y antifábulas

Esopo tenía fama de ser un gran contador de historias, 
en las que los animales hablaban y eran los principales protagonistas.
Historias que hacían pensar en la diferencia entre actuar bien 
o actuar equivocadamente.

En este libro, le cuenta a un grupo de niños una serie de fábulas,
esperando recibir reconocimiento por sus enseñanzas.

Sin embargo, lo que recibe son críticas,
cuestionamientos y preguntas.

Al ver que se encuentra ante oyentes tan exigentes, 
decide reversionar sus historias, volviéndolas más complejas y completas.

¡Logrará satisfacer así a sus oyentes? 

Uranito Libros, 2013


Fábulas enganchadas

Doce fábulas clásicas donde los narradores son también los protagonistas.

Doce relatos que se van hilvanando, donde cada personaje nos invita 
a seguirlo en sus aventuras.

Uranito Libros, 2012

Cuentan los popoches

De las diversas recopilaciones de la tradición oral que se han editado, una de mis preferidas es "Cuentan los mapuches" (Ediciones Nuevo Siglo, 1995). En una línea ligeramente distinta, se me ocurrió contar las historias de un pueblo de quién sabe dónde, con su cultura, sus tradiciones y creencias. El que sigue es un fragmento que fue producido y televisado por Canal Encuentro.    

Para ver el material emitido por Paka Paka, ir a: http://www.youtube.com/watch?v=_CDIKS46zJY

O leerlo a continuación.


Para viajar al país de los popoches (Turru popochi, o “Popochelandia” como le dice mi sobrinito), se necesita algo más que un boleto de tren o de micro. Hay que tener sed de aventuras.
Pero ojo, porque esta sed no se calma con una botellita de aventuras comprada en cualquier almacén, sino con un buen paquete turístico de aventura.
Para alcanzar sus tierras, el viajero previsor debe tener a mano un vehículo todo terreno, un bote, una bicicleta y un avión de papel de tamaño natural. No cometan el error del profesor Pérez, del Museo Arqueológico, que llevó todo menos el papel para el avión y todavía se está lamentando.
El procedimiento es así:
Una vez que se bajen del vehículo en medio de sus territorios, (mucho pasto y cielo, unos árboles a lo lejos, alguna montaña en el horizonte), van a ver un habitante del lugar.
Pero él no los va a ver a ustedes, porque estará durmiendo. El sueño es algo muy importante en todas las culturas, o debería serlo. Si ustedes están de acuerdo con esto, no intenten despertar al durmiente.
Tienen que sentarse cerca (si trajeron una silla mejor) y esperar.
Aquí los métodos difieren.
El profesor Pest de Budapest aconseja esperar despierto. La doctora Genoveva de Acanomás, por el contrario, dice que es mejor dormir una siesta.
Nosotros recomendamos lo segundo, porque si el popoche se despierta y nos ve ahí, sentados, mirándolo fijo, seguro que hará lo mismo que cualquier durmiente de cualquier cultura que se despierta y encuentra a un desconocido que lo mira fijo: Se asustará y saldrá corriendo y entonces… no lo encontraremos más. En cambio, si dormimos cerca, él soñará con nosotros y nosotros con él y ahí comienza la aventura.
La lengua popoche (turrudungun, la llamaban otros pueblos) no es como la nuestra. Se valen de silbidos, gestos, volteretas, juegan a la estatua… Pero se les entiende todo. Claro que, hablando así, una discusión sería muy larga y agotadora, así que los popoches decidieron estar siempre de acuerdo.
Para simplificar, voy a traducir todos los diálogos y los nombres a nuestro idioma.
Es probable que al vernos el lugareño nos pregunte:
-¿Cómo te llamás?
¡No contesten jamás a esta pregunta! Pongan cara de:
-No sé…
Así conseguirán ser bautizados con un nombre popoche, que es la única manera de seguir el viaje.
Después que nos ponga nombre, nos preguntará si trajimos papel para hacer el avión.
(Esta fue la última anotación en el diario de viaje del profesor Pérez, que se dejó el papel en la casa y se despertó solo, en el medio del campo, sin poder recordar siquiera su nombre en popoche.)
Nosotros, que somos más previsores, le entregamos el papel y lo dejamos armarlo.
Ahí nomás, como si fuera un ingeniero aeronáutico, va a hacer los dobleces necesarios para construir un planeador, lo va a atar en nuestra espalda y nos va a pedir que subamos a la bicicleta. (Por favor, ¡díganme que no se olvidaron la bicicleta!)
Pedaleamos unos metros y el avión de papel, como si fuera cosa de magia, nos levanta por el aire y se pone a dar vueltas. Al cabo de unos minutos volvemos a tocar tierra, exactamente en el mismo lugar donde despegamos.
La diferencia es que ahora hay todo un pueblo popoche para recibirnos con alegría, como si fuéramos un primo que vuelve de lejos.
Nos abrazan, nos dan la mano, nos guiñan el ojo o fruncen la pera. (Esta última es una costumbre muy popoche que a nosotros, sin práctica, no nos sale).
El popoche es un pueblo original. Aunque no tienen literatura, cuando deben tomar una decisión difícil le piden al brujo de la tribu que les cuente un cuento.
Yo escuché algunas de esas historias y parecen de ciencia ficción, porque siempre transcurren en el futuro.
El brujo cuenta que ve a Ubaldo, o Cirilo, o quien sea que hace la consulta, arreando muchas vacas, o viviendo en un palacio, o buscando un poroto en el fondo de una bolsa. Y de acuerdo a lo que cuenta, el que hizo la consulta decide qué camino tomar. Si les gusta lo que el brujo ve en su futuro, siguen adelante con su decisión, o no. Y si no les gusta, siguen adelante con su decisión, o no.
Me contaron que una vez, el brujo vio a Cirilo dueño y señor de un gran edificio, lleno de empleados que trabajaban para él. Cirilo era el jefe de todos. Y cuando la historia terminó, Cirilo dijo que no haría el negocio que le habían propuesto, porque si ese era el futuro que le esperaba, no le interesaba. Y se fue al río a pescar.
Otra actividad muy importante para el pueblo popoche es soñar. Como no hay diferencia para ellos entre un mundo y el otro, lo primero que hacen a la mañana al despertar es contarse los sueños de la noche anterior. Cuando vuelven a dormir, sueñan que despiertan en otro lado y también cuentan lo que hicieron durante el día anterior.
Hace mucho tiempo que tratan de decidir si un mundo es más real que el otro, pero todavía no están seguros.
—Es que a veces se encuentran dos amigos que tuvieron exactamente el mismo sueño. Entonces no sabemos qué pensar -me dice el popoche que conocí al principio del viaje-. Yo estuve toda una tarde buscando unas flores que cantaban cerca del río, porque me gustaba la música que hacían, pero estaban en el otro mundo…
Podría contarles muchas cosas más sobre este pueblo. Si las supiera. Porque tanto escuchar sobre los sueños me dio ganas de dormir a mí también. Cuando desperté, ya no estaban.
Así que saqué unas fotos, tomé algunas muestras del terreno y me volví a casa, planeando mi próxima visita.

Sé que en los círculos académicos no creen mi relato. Pero si piensan que lo inventé, pueden venir a escuchar dos flores que cantan en mi jardín.

Hacen unos contrapuntos muy bonitos.

©Enrique Melantoni - 2013

Leyendas de los mares del mundo

A veces, para contar una buena historia, hay que invocar la voz de un guerrero, 
de una anciana, un águila, un árbol, un ratón... 
O vestirse con la piel de un amauta, storyteller, rapsoda, runoya, manaschi, fili, 
según las necesidades de la narración.
Entonces se puede ver con nuevos ojos una antigua o reciente leyenda, 
reavivar las llamas de un viejo cantar de gesta 
o ver el nacimiento de un mito desde los ojos de un chico.

De eso se trata una de las últimas colaboraciones Repún-Melantoni:

Leyendas de los mares del mundo
Mandioca - 2013


No solo hay sirenas y monstruos en los mares. 
También hay semidioses enamorados, 
en barcos hechos de madera, viento y deseo. 
Hay ciudades costeras donde algunos de sus habitantes 
nunca pisaron la playa. 
Hay dioses y demonios luchando por la inmortalidad 
en océanos de leche.